Biblioteca Popular José A. Guisasola

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Una de mis últimas adquisiciones, para mi colección privada de objetos curiosos, fue la fotocopia de una denuncia traspapelada entre los archivos de la policía. En concreto, provenía de la comisaría ubicada en la calle Leganitos de Madrid, aunque tres meses después el original fue solicitado por el mismo Ángel Acebes, cuando ejercía el cargo de ministro del Interior -su firma consta en el cuaderno de retiros-. Ahora bien, retomando lo que nos trae a este asunto, el documento en cuestión decía: “Gustavo Salinas Luza, indocumentado, ha sido descubierto en el interior de una maleta. Viajaba de polizón en el vuelo 578AL de Iberia con escala en Miami…”. Y finalizaba con una anotación en rojo: “Mantener el caso en reserva. 11S sigue fresco”. Dicha indicación fue la razón del porqué ningún medio se hizo eco del acontecimiento, puesto que nunca se enteraron de lo ocurrido.

Ocho meses más tarde, cuando conseguí dar con el paradero de Gustavo Salinas, agregué a mi colección la entrevista que gentilmente me concedió.

La primera impresión que tuve sobre él, al leer la denuncia, fue la de un muchacho de escasos recursos económicos, pero compensados por su gran valentía y audacia. Al conocerle personalmente, me sorprendí por haber atinado en sólo una de esas tres características. Don Gustavo Salinas Luza, señor que superaba los 60 años, era un acaudalado empresario que anteponía sus deseos al miedo.

Antes de cumplir los cuarenta, el señor Salinas ya había forjado una gran fortuna, llegando a ser el dueño de los 17 mercados de abasto de su ciudad. No obstante, durante todos esos años de trabajo, siempre estuvo acompañado por esa clase de tristeza que dejan las grandes alegrías al irse. Sin embargo, él no recordaba ese momento de felicidad. Por tanto, pensó que sólo se trataba de una insatisfacción que provenía de la pobreza de su infancia y que desaparecería al convertirse en un hombre rico, pero el malestar no cesó.

Una mañana, antes del desayuno, Gustavo visitó a su madre con la intención de obtener alguna pista sobre su pesar. Sin mucho que cavilar, ella creyó conocer la causa y le contó lo ocurrido cuando él tenía unos 5 años: “Tu tío Esteban prometió llevarte a Europa, a España. Lo hizo como una gracia, pensando que no te lo tomarías en serio. Pero tú todos los días le recordabas esa promesa y él, por salir del paso, te seguía el juego. La noche anterior al viaje, por casualidad, te enteraste de su partida. Perdiste el control, llorabas a mares y gritabas como un loco. Él, para calmarte, te dijo que te llevaría en su maleta. Era una maleta vieja, llena de agujeros, la única que teníamos en casa.

Qué tiempos pasamos, ¿no? Bueno, tú la vaciaste y te metiste dentro. Tu hermana te ayudó. La cerró. Al día siguiente, Esteban te sacó dormido de ahí, guardó nuevamente sus cosas y se fue. No sabes cómo lo odié después, y a mí por odiarlo, no sabes cuánto lo quería, era mi hermano preferido. Sé que no te podía llevar en una maleta, no soy estúpida, pero por qué demonios te hizo esa promesa. Bastaba con decirte desde un principio que debía viajar solo. Casi te me mueres, pequeño. No comías, no jugabas…”.

Don Gustavo Salinas hizo los arreglos necesarios en su empresa para emprender el primer viaje de su vida -nunca había salido de su ciudad- y partió a España con la intención de quedarse. No obstante, trascurrido un año, notó que su malestar seguía. Después de meditar sobre el tema, recordó que su tío había realizado la travesía en barco… y él lo hizo igual, pero nada. Incluso compró y restauró el navío en el que viajó su tío y, además, siguió la misma ruta… pero nada.

Tras agotar todas las posibilidades relativamente lógicas, decidió ir a España dentro de una maleta, a sus 54 años. En medio del trayecto, recordó aquella remota felicidad. La noche previa a la partida de su tío, Gustavo dejó volar su mente y viajó en el interior de la maleta a todos los sitios que él pudo crear, incluyendo a una Europa formada por recortes de realidad y fantasía, de épocas entrecruzadas... y así soñó hasta quedarse dormido al amanecer. A sus 5 años, ese rectángulo agujereado significó la puerta que lo comunicó con su más sublime imaginación, la que quedó bloqueada cuando se marchó su tío, la que comenzó a abrirse cuando se atrevió a buscar.


por Rafael R. Valcárcel



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Nadie le daría trabajo con lo vieja que estaba, e indagar sobre si disponía de ahorros para montar un negocio en toda regla sería una falta de sensibilidad; por no decir un exceso de estupidez. Qué hacer cuando las carnes te exigen sobrevivir. ¿Pedir limosna? Buenos Aires ya no estaba para eso. Tendría que ganarse la vida haciendo algo de dudosa moralidad. Qué cosa. Qué podría hacer sin perjudicar a la gente. Optó por vender aire, como lo hacían miles de empresas, pero ella no sería una desalmada. Cobraría montos irrelevantes y el aire que daría a cambio no contendría un valor superfluo.


Empezaría a venderlo de inmediato porque, además, sabía que ningún pariente le iba a dar cobijo. No los tenía, ni hacia los lados ni hacia abajo. Hacia arriba, menos. Sandra realmente era vieja. 57 años olvidada en la cárcel por haber matado a su marido le impidieron procrear. Era él o ella. Los moratones acumulados en su cuerpo lo demostraban, pero en el juicio no valieron. El abogado contratado por su suegra era de los caros, de esos con influencias.

Desde el 12 de octubre de 2003, Sandra anduvo libre por las calles. ¡Vaya mentira! Sus carnes la arrinconaron más que nunca. En su estómago tenía aire, pero uno muy distinto del que estaba por vender. En la cárcel había aprendido algo de magia. Hacía desaparecer objetos pequeños, como cigarrillos y monedas. Con una esfera de cristal de cuatro centímetros de diámetro no tendría problemas.

Entre la basura, encontró cajas de un tamaño ideal para empaquetar, una y otra vez, su única esfera. Sólo le faltaban cintas de colores para, en el momento de la venta, atar la caja correspondiente y adornarla con un listón. Las consiguió enseguida.

Frente a una tienda de juguetes, interpretando el papel de una bruja buena de cuento, atraía la atención de los pequeños con un discurso dulce en el tono y seductor en las palabras: “Mira esta bola de cristal. Es ligera como el aire. Es mágica. Mágica para los que poseen el don. ¿Tú lo posees? No mires a tus padres, la respuesta sólo la puede saber uno mismo. Meteré esta bola especial en esta caja… así, ¿ves? Ahora, ataremos la caja con esta cinta para asegurarnos de que se mantenga cerrada hasta que llegues a tu casa. Si al abrirla descubres que la bola se ha desmaterializado (que ya no está), sabrás que posees el don. Pero la bola no habrá desaparecido, sólo habrá cambiado de lugar. Habitará dentro de ti para siempre y te será muy útil en tus sueños, porque con ella vencerás a cualquier monstruo y te ayudará a encontrar mundos llenos de personas y cosas bellas y alegres. Dormirás feliz”. Los padres, confiando en que la vieja los timase con una caja vacía, se la compraban por unas cuantas monedas.

Funcionaba.

El boca a boca hizo cada vez más conocida a la vieja de enfrente de la juguetería en Rivadavia, entre la avenida Otamendi y Campichuelo.

A Sandra Febres Queipo se le recuerda como “La bruja de la bola invisible”. Murió el 7 de enero de 2005. Ni bien pasaron dos meses, la juguetería —que no voy nombrar para no hacerle publicidad— lanzó un producto con la imagen ilustrada de su personaje y con el nombre con el que se le conocía. No lo vendieron como esperaban. En 2008 dejaron de producirlo. Pensaron que la magia de Sandra también era comercializable, pero pasaron por alto el truco de su éxito. Era la voz de ella, la convicción en su tono, lo que agudizaba en los niños el don de creer… de creer que en esa nada que encontraban en la caja fuese posible todo.


por Rafael R. Valcárcel


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En la margen suroeste de la selva amazónica, el primer lunes de la primavera, nació Tinkus. A diferencia de los otros camaleones bebés de la maternidad, él no podía cambiar de color. Sin embargo, por muy evidente que eso fuese, sus padres no se dieron cuenta. Quizá estaban tan felices por traer un hijo al mundo que les impedía ver cualquier defecto. O quizá fue otra la razón, porque no sólo ellos lo pasaron por alto, sino también la matrona, los enfermeros, las pacientes y las visitas. Lo más probable es que haya sido la costumbre. Mimetizarse con el entorno estaba tan asumido como respirar. Sólo hacían ciertas referencias al color cuando necesitaban indicar la ubicación de algún amigo o pariente.
—Ése de allí, el que se parece a la hoja marrón con turquesa es mi hijo. ¿Cuál es el tuyo? —preguntó una señora con bata azul.
—El mío es… el de la hoja sin color —respondió orgullosa la madre de Tinkus, sin darle importancia al defecto de la hoja.
Sorprendida y preocupada por aquella contestación, la señora azul agregó:
—Qué raro, nunca había visto una hoja sin color. Por un momento pensé que era morada con verde. Creo que debo ir al oculista.
Los años pasaron y aquello que sus padres y los demás adultos no vieron, los ojos de algunos niños lo exageraron: “Tinkus es un monstruo, Tinkus es un monstruo”, repitieron una y diecisiete veces más durante el recreo del primer día de escuela. Tinkus, sin entender por qué lo insultaban, retrocedió… hasta topar con el borde de un charco. Cuando sus compañeros estuvieron a punto de desenroscar sus lenguas para empujarlo, el profesor los sorprendió:
—¿¡Qué está pasando aquí!? —dijo el maestro más serio que de costumbre, conteniendo su enfado.
Los pequeños camaleones se pusieron tan pálidos del susto que, por un instante, creyeron que habían cogido la enfermedad de Tinkus y, pensando que era un castigo divino, se desesperaron por pedir perdón.
Los niños prometieron ser buenos compañeros y así lo hicieron, aunque sólo en apariencias. A partir de ese día, jugaron con Tinkus, es cierto, pero únicamente al escondite.
Tinkus dejó de salir a los recreos. Le valía un pimiento el poder mimetizarse, sólo quería ser como los demás… o que ellos fuesen como él. Una tarde, regresando de la escuela a su casa, Tinkus se tumbó junto a un arbusto de fresas y lloró todas las lágrimas que había almacenado. Después, exhausto, cayó dormido con la esperanza de que sus deseos se hicieran realidad.
Uno de los estudiantes, al pasar cerca del arbusto, se quedó boquiabierto.
—¿Tinkus? ¿Es Tinkus? ¡Milagro, es un milagro, puede mimetizarse!
Los gritos escandalosos de aquel niño despertaron a Tinkus.
—¡Sí, es verdad, es un milagro, puede mimetizarse, puede mimetizarse! —gritaron todos los que acudieron ante la buena nueva.
Tinkus se sintió el ser más feliz de la tierra. La turba lo alzó en brazos con la intención de llevarlo a la plaza principal y festejar. Sin embargo, cuando se distanciaron del arbusto de fresas, su color de piel no cambió, ¡seguía con los puntos rojos!
Maldito sarampión.
Tras diez días en cama, el cuerpo de Tinkus mejoró. Su esperanza continuó maltrecha por mucho más tiempo.
Los dos únicos doctores de aquella sociedad camaleónica analizaron exhaustivamente la incapacidad de mimetizarse de Tinkus. Ambos profesionales coincidieron en el diagnóstico: “¡Caramba, qué suerte que no es contagioso!”
Qué ineptos. Qué poca vocación. Qué falta de tacto. Tinkus dejó de confiar en los médicos y, previamente, había perdido la fe en la suerte al comprobar que un deseo no se hace realidad tras dormir. Pese a todo ello, aún le quedaba otra convicción. Una antigua leyenda decía que, al pasar la zona de la jungla dominada por las brujas, vivía un grillo sabio dedicado a ayudar a quienes el mundo consideraba incurables.
Tinkus no sintió ningún temor mientras se internaba en la parte más tenebrosa de la selva. Miraba hacia los rincones con ilusión, con los ojos saltones. No buscaba al Grillo. Deseaba que apareciese una de esas brujas en las que creía fervientemente. Le daba igual que fuese horrible o hermosa, siempre y cuando le lanzase un hechizo que resolviera su problema.
Para su desconcierto, no apareció ninguna.
Al tercer amanecer, se dio por vencido, pero, afortunadamente, ya había andado lo suficiente. En el instante que iba a dar media vuelta para regresar a la comarca, Tinkus alcanzó a ver algo que le llamó la atención. Avanzó once o doce pasos… ¡una posta médica! Recordó que en la leyenda se mencionaba a Grillo, que al parecer era real.
Como aún era muy temprano, sólo estaba la enfermera que le indicó que tomara asiento. A los pocos minutos entró a la sala de espera un Color. Tinkus, venciendo su timidez, saludó:
—Buenos días, Color Verde.
—Mi nombre es Color Rojo, pero hoy desperté así.
Al poco rato, llegó otro paciente al que Tinkus también saludó:
—Buenos días, Gusano.
—Yo soy Cien Pies y no sé por qué se me han encogido los miembros hasta el punto de desaparecer.
En eso, la enfermera dijo:
—Ya llegó el curandero. Por favor, que pase la lagartija.
—¡Yo soy un camaleón! —exclamó Tinkus indignado.
Cien Pies y Color Rojo no pudieron contener las risas.
Después de escuchar la historia de Tinkus, Grillo sacó del baúl un libro muy antiguo. No lo leyó. Ni lo abrió. Prefirió utilizarlo para apoyar los codos y hablar con mayor comodidad:
—Puedo recetar remedios para curar la lepra, la fiebre amarilla o una gastroenteritis, pero no para que dejes de ser tú mismo. Tu personalidad está moldeada por tu peculiaridad. Aprovéchala. Si no eres como los demás, por qué hacer las cosas como los demás. Estarías en desventaja. Hazlo de la manera que esté en tus manos. Nuestra parte física está relacionada…
Tinkus lo miraba con una atención tan, pero tan profunda, que incluso parecía que no lo estuviese escuchando.
—¿Me estás escuchando?
—Sí, señor.
—Bien, porque debes saber cómo conocerte para así aprovechar lo que tienes. Ahora, hagamos una pausa y revisemos tu cuerpo. A ver, saca la lengua.
¡Qué imprudencia! Antes de terminar de decir “lengua”, el Grillo había desaparecido. Todo sucedió tan rápido que incluso Tinkus lo buscó debajo del escritorio, porque no se dio cuenta de lo ocurrido hasta el momento en el que se le escapó un eructo.
—Tinkus, escúchame —ordenó una voz muy grave.
Tinkus miró a su alrededor y no vio a nadie. Extrañado, reanudó su camino.
—¡Escúchame! —resonó la misma voz con mayor intensidad.
A Tinkus casi se le salieron los ojos del asombro. Le habían dicho que un día oiría la voz de su conciencia, pero nunca imaginó que sonaría tan real.
—¡Auch! —exclamó Tinkus al recibir un golpe en el estómago por dentro.
—Presta atención. No tengo mucho tiempo. Los jugos gástricos pronto harán su trabajo —explicó Grillo tras darle el puñetazo.
—¿Es usted, señor curandero? Perdóneme, no fue…
—Shhh. No hay nada que perdonar. Eres un camaleón y los camaleones comen insectos.
Tinkus, sin culpa pero con pena, siguió escuchando:
—Para conocerte, borra de tu mente a todos los seres y las cosas que te rodean. Es fácil cometer el error de definirse por comparación. Uno se considera débil, alto, mejor o peor en relación a alguien o a algo, y de esa manera sólo verás a quien usaste para conocerte; no te verás a ti. Si quieres conocerte, cierra los ojos. Después, ábrelos. Es conveniente observar el entorno, sí, pero para aprender, no para ser.
Las palabras de Grillo sobrevivieron.
Durante los siete días que duró el viaje de regreso, no paró de llover. Pese a ello, Tinkus se sentía radiante y a gusto consigo mismo. Había descubierto una manera distinta de ver las cosas gracias a los consejos del curandero.
Cuando la lluvia cesó, apareció un arco iris. Tinkus lo contempló hasta que se desvaneció. Repleto de entusiasmo, pensó que si un pedazo de aire era capaz de tener colores, ¡cómo él no iba a poder plasmarlos en su cuerpo!
En secreto, día tras día, mes tras mes, practicó con centenares de litros de pintura hasta convertirse en un maestro en el arte de mimetizarse. No sólo tuvo la destreza de camuflarse como los demás de su especie, sino que incluso logró parecerse a los depredadores de sus depredadores, convirtiéndose en el protector de su comarca.
Era dichoso. No porque todos lo admirasen. No por haber conseguido mimetizarse. Era dichoso porque había vuelto a creer en la suerte, al toparse con el Grillo; en los conocimientos, al recibir sus consejos; y en la magia, la que sentía mientras se pintaba.



FIN




Tinkus. El camaleón que no podía mimetizarse (Rafael R. Valcárcel)
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Rafael R. Valcárcel
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Selección y curaduría: Analía Alvado

Proyecto asociado a «Garabatos»

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